martes, 11 de abril de 2017

Cándido (de Perla Marina)

Cándido es un personaje de la primera novela que empecé a escribir hace ya casi dos décadas, y que quedó inconclusa como todas las que intenté escribir después. Esta novela se titula Perla Marina. Como hace tiempo que no me dedico a la narrativa, rescato este capítulo  para que el bonachón de Cándido vuelva a respirar una vez más después de haber estado durante una larga temporada en  hibernación perenne. Ojalá, un día, me llene de valor y le obsequie con la aventura que había imaginado para él, y, de paso, para todo el resto de los personajes, empezando por Perla Marina, la protagonista. Gracias por vuestra visita. Que todo el aché sea con vosotros.





Cándido

(Fragmento)



Aunque mantiene la vista fija en la carretera, mira sin ver como las líneas discontinuas aparecen y desaparecen velozmente bajo los conos de las luces del carro, tal si fueran criaturas vivas que se asustaran con la embestida devoradora de la luz en el asfalto y luego huyeran todas, en fila india, siguiendo una única ruta. Cándido, el gordo y bigotudo chofer, en realidad está viendo más allá de aquella sucesión de líneas interminables, su mente desempolva  viejos recuerdos a la misma velocidad que corre su estoico automóvil. Ahora se ve, a sus dieciocho años, vestido con un pantalón blanco de dril cien a lo  Benny Moré, una guayabera de hilo color marfil y unos zapatos de dos tonos: blancos y negros, traspasar   el umbral del bar Candilejas, luego caminar directamente hacia la vitrola, sacar una moneda de su bolsillo, insertarla en el enorme artilugio y escoger una canción del Benny, su preferido, y otra de La Orquesta Aragón. Luego enfilar su, en aquel entonces, bien formado cuerpo, hacia la barra y beberse unas cervezas, y después, terminadas de escuchar las canciones, salir del bar e irse andando, tranquilamente, hasta el bayú de Rosenda, para saciar los apetitos de la carne que, a su edad, iban siendo cada vez más voraces. Al llegar allí repite, paso a paso, la misma operación que en el bar: la vitrola, las canciones, las cervezas. Después sube por la alfombrada escalera roja hacia una de las habitaciones llevando del brazo a una de las “señoritas” (le gustaban las mulatas teñidas de rubio platino; hallaba exótico  el  contraste entre el canela de la piel y el llamativo color  de las estiradas pasas, imitando a la perfección los ¨primorosos¨, según los comentarios de algunas de ellas mismas, peinados de Marilyn Monroe) a la que desnudará despaciosamente mientras su verga, completamente erecta, intenta destrozar el tejido del pantalón. Cándido sigue rememorando, y aunque en su cerebro las imágenes son nítidas y se ve fornicando como un lujurioso animal, ahora mismo, a sus setenta años, su virilidad hace tiempo que dejó de respirar. Llegado al clímax la imagen se desvanece y en su curtido y arrugado rostro se dibuja una tristeza corrosiva. Pasado unos segundos vuelve de nuevo a  la carga, ahora la escena es distinta. Se ve vestido con su overol color caqui, todo manchado de grasa y de aceite, saliendo del taller y llevando en la mano las llaves de un bonito Ford color granate que tiene que devolver a su dueño: ¨Un día tendré un maquinón como este y, si pudiera ser, hasta del mismo color, me gusta, es un color elegante, ni muy triste ni demasiado chillón, y aquí, a mi lado, irá una titi, una mulata que esté bien buena y, con suerte, a lo mejor, hasta pudiera ser una rubia de ojos verdes o azules. Ahora voy,  hago un bojeo por el barrio y por el bar, pa´darme un poco de lija antes de entregarle al doctorcito ese su maquinón. Bajaré por aquí, por Antúnez, y luego doblaré por Manrique, le daré la vuelta a la plaza de la Fuente y dejaré al personal con la boca abierta...¨



Cándido sigue con la mirada fija en la carretera. La nitidez de las imágenes que visualiza en su mente, las hace tan reales, que logra abstraerse por momentos de la realidad circundante, pero, a pesar de su aparente distracción, su experiencia como chofer durante casi más de treinta años ha despertado en él una especie de sexto sentido que le mantiene alerta ante los peligros de la conducción. Se sigue imaginando al volante del Ford color granate paseando por las calles del barrio. Tiene dieciochos años recién cumplidos. Es un día cálido de verano, puede hasta sentir  el sudor corriendo por su frente y el sol dando de lleno en el cristal delantero del automóvil, aunque, en la realidad, en el presente, es de noche.



¨Allí va Pepón, le pito ¡Oye..., Pepón, mira..., muérete de envidia! ¡Qué singao, el muy hijo de su madre me empina el dedo! ¡Oye, ese te lo metes en donde no te da el sol, comemierda...! ¡Mira, así será el mío...! Eh, pal carajo te vas tú, puñetero. ¡Ño, la gente no entiende una broma! Bueno, que se joda, lo iba a invitar a  dar una vuelta y hasta a una cervecita en el bar, pero ahora que se la chupe. He llegado, ahí está el bar, parqueo aquí mismo, frente a la ferretería...¨



Cándido se observa bajándose del carro, luego, con aires de grandeza, cruzar la calle y encaminarse hacia el bar, va agitando las llaves del automóvil para que se hagan visibles. Muchos de los que están en el bar a esta hora han vuelto la cabeza al verle llegar en el bonito auto. Roger, el dependiente de la farmacia, que toma un café bien fuerte, lo ataja diciéndole:



__¡Coñooooó, caballo, qué clase de carruaje! no me digas que es tuyo, porque tú no tienes ni donde caerte muerto ¿De dónde rayos lo has sacado? Coño, ya sé, del taller de Felo, qué guanajo soy, y de quién es esta hermosura.



__Cojones, Roger, respira, pariente, que hablas más rápido que un locutor de pelota. __le dice Cándido mientras se posa en una banqueta como un zángano y le hace una seña al barman  para que se acerque. __Ponme una Cristal, Toribio. __el barman se aleja, Cándido le grita: __Oye, Tori, que esté bien frio el lagarto.



__Ah, deja la sonsera, Cándido, y dime de quién es el maquinón, no me suena haberlo visto antes por aquí, por el barrio.



__No seas cafre, tú… ¿no estás viendo que es ¨niupaquer¨, cómo diablos ibas a haberlo visto antes?



__ ¿Y quién es el loco que lleva un carro nuevo al taller, acaso ahora los yanquis mandan las cosas defectuosas?



__No, compadre, no es eso. Este carro es del doctor Palacios...



__ ¿Pero el doctor Palacios no tenía un Buick azul?



__Sí, pariente, pero parece que este es un regalo pa´su mujer.



__Ah, nos vamos entendiendo… ¿y... pa´qué  lo ha llevado al taller, dices?


__No, no lo he dicho todavía, ahora te lo digo, pues pa´que le repasáramos la pintura, porque se lo rayaron un poco cuando lo descargaron del barco, porque éste, lo fue a buscar él mismitico a Miami.



__ ¡Ño! está apretando el doctorcito ¿no? ¿Qué tú crees de eso, Toribio? __dijo Roger dirigiéndose al barman.



__Pues chico, que no hay nada como tener una pila, burujón, puñao de pesos. __contestó Toribio.


__Coño, mira qué hay gente con suerte en esta vida… Este médico está podrido en plata y míranos aquí, a nosotros, sin un kilo, tú. __se lamentó Roger.



__Si yo hubiera tenido la posibilidad de estudiar, seguro que hubiera sido para médico, abogado o ingeniero de cualquiera de esas cosas raras que hay, porque yo creo que coco tengo, o si no, mira qué rápido le entré de lleno a la mecánica. __dijo Cándido mientras se ponía la cerveza en un vaso __Y, a estas alturas, __continuó__ tendría un carrote como éste.





En su imaginación Cándido ha dejado el bar, se sube de nuevo al automóvil y pasea por las calles del barrio camino al caserón del doctor Palacios. En la realidad está saliendo de Verdolaga y se incorpora a la autopista después de llevar más de veinte minutos conduciendo. En la imaginación ha vuelto a coger por la calle Manrique y se encamina tres cuadras más allá, en dirección a la residencia del doctor. En la realidad ha cruzado la parte del sentido contrario de la autopista y se encamina en dirección a la provincia de Guácima; son casi las ocho de la noche. En la imaginación son las cuatro de la tarde. En la realidad es un hombre mayor que recuerda. En  la imaginación es un joven que estará  a punto de enrolarse en una arriesgada aventura.

O. Moré
(hace mucho, muchísimo tiempo)

sábado, 8 de abril de 2017

Lección de lengua




LECCIÓN de LENGUA 


Sí, tengo la savia amarga
y tengo la mente corta,
pero eso a mí no me importa,
pues tengo la lengua larga.
Mi lengua es como una adarga
que fustiga y que penetra.
Mi lengua es como un obstetra
que palpa la oralidad,
y allí, en esa otredad,
saborea letra a letra.

Mi lengua lame la piel
de una musa sensitiva
y luego con su saliva
la tiñe rojo buriel.
Mi lengua es la de Espinel
rimando las redondillas
cuando en las suaves rodillas,
de esa musa que te nombro,
las cata desde el asombro,
y engendra la maravilla”*.

Mi lengua es fiera  y es mansa
según sea necesario;
tiene un gen contestatario
que ni teme ni se cansa.
También alaba,  descansa,
y luego vuelve al combate:
quizás en algún debate,
quizás para enamorar,
o para hablar por hablar
cuando es tonta de remate.

Mi lengua es siempre expedita
cuando el poema degusta,
y puede que sea augusta
si la ocasión lo amerita.
Es dúctil cuando se excita
como un pene de intelecto,
pues  es el miembro perfecto
que a la ignorancia desflora.
Y a veces es muy  traidora
tartamudeando en directo.

Mi lengua sabe callar
y no es proclive a la ofensa
a no ser que en mi defensa
la tenga que utilizar.
No es lengua de muladar
ni lengua de ringo rango,
mas bien de tingo talango
-instrumento muy sencillo-
aunque a veces saca brillo
hasta al mismísimo fango.

En fin, mi lengua me salva
y a veces también me mata
cuando con furia desata
autocrítica a mansalva;
y es que es una lengua calva
no tiene ni un solo pelo.
Me hiere con su escarpelo
y después la herida lame.
Así es mi lengua de infame
a la vez que es mi consuelo.

 O. Moré
2017


 *Debes amar la hora que nunca brilla
y si no, no pretendas tocar los yertos,
sólo el amor engendra la maravilla,
sólo el amor consigue encender lo muerto,
sólo el amor engendra la maravilla.

SILVIO RODRÍGUEZ 





domingo, 2 de abril de 2017

Décimas de cabo roto (jugando con la espinela)

“El verso de cabo roto, también llamado de pie cortado, quebrado o truncado, es el que suprime parte de la última palabra, normalmente la que sigue después de la vocal tónica, y sobre esta vocal se constituye la rima de la composición (rima partida). Suele atribuirse al poeta Alonso Álvarez de Soria, el primer ejemplo, si no la invención de este artificio métrico, a principios del siglo XVII. Como suya se conservan una décima espinela y una redondilla en versos de cabo roto.”
“Cervantes los emplea en los preliminares del Quijote: en la serie de las siete décimas espinelas de Uganda la desconocida, y en las dos de El Donoso.”
José Domínguez Caparrós,
en Métrica de Cervantes
 (centro de estudios cervantinos,
Alcalá de Henares 2002)


Este artificio, sin duda, es idóneo para la sátira, la burla y el humor, y, hacia este último, como la cabra lo hace para el monte, ha tirado el acá firmante. La hechura de esta composición parece fácil, pero no lo es, lo mío me ha costado, y, aún así, le agregué otra pequeña  dificultad, la de que no sólo rimara en aguda el cabo roto o verso quebrado, sino, que además lo hiciera con el verso en toda su plenitud, o sea, agregándole de nuevo la sílaba truncada.

Estas décimas son  las primeras que escribo en esta modalidad. Espero sean de vuestro agrado y que se lo pasen bien con su lectura, tanto, o más, de como me lo pasé yo componiéndolas.


Gracias de antemano, y mucho aché.











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Una de  Alonso Álvarez de Soria, el supuesto inventor de este verso, dedicada a Lope de Vega


A Lope


Envió Lope de Ve- 
al señor don Juan de Argui-
el libro del peregri-
a que diga si está bue-
y es tan noble y tan discre-
que estando como está ma-
dice es otro Garcila-
en su traza y compostu-
mas luego entre si quien du-
no diga que está bella-


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