sábado, 19 de noviembre de 2016

Corpus, corpus, corpus...

Ilustración de Lola Rodríguez / Barcelona
Mi agradecimiento a Lola Rodríguez ( +Mirai Maia)  por su generosidad, ya no sólo por permitirme usar su ilustración, sino, también, por sus apreciación del relato. Y a mi querida esposa por su apoyo incondicional en las buenas y en las malas, y en lo buenos y los malos textos. Éste probablemente será uno de ellos, pero, aún así, sigue siendo mi hijo, y nunca abomino de un hijo. 
Este relato debe su nacimiento a otro que está  escrito de igual manera y siguiendo la misma estructura. Son relatos de aprendizaje, en los que voy probándome. Espero os guste.






Mambrú se fue a la guerra,
qué dolor, qué dolor, qué pena...


Corpus, corpus, corpus…




_Allí, junto a Ramiro, estábamos todos: Jacinto, Curro, Eladio y yo. Como en el dominó se nos había trancado el juego. Apenas cabíamos en el cubículo. Un tufillo acre se levantaba desde la litera en que Ramiro agonizaba, sabíamos que no iba a pasar de aquella noche, bueno… si es que era ya de noche, así lo suponía yo, pues fuera hacía un buen rato que ya no se oían los disparos ni el zumbido de los proyectiles de los morteros que, al caer, provocaban telúricas vibraciones y removían la estructura bañándonos en polvo; tampoco se oía el sonido de nuestras  katiuskas. Nos esperaba otra larga noche sin comida y sin agua. Lo de Ramiro era evidente, pero nosotros… ¿cuánto íbamos a durar nosotros si el asedio continuaba? ¿Una noche más, tres días más? ¿Cuánto podía aguantar un ser humano sin comer ni beber? No lo sabía, pero a esas alturas estaba convencido de que ya éramos hombres muertos, que éramos carroña para los gusanos. Yo había perdido toda esperanza. Si el enemigo nos encontraba, antes que lo hicieran los nuestros,  nos iba a meter una bala en el cogote a cada uno…, y chirrín chirrán, y si los nuestros no nos encontraban pronto, y para eso era necesario que el asedio acabara y de que  alguien confiara en que aún podíamos seguir vivos, entonces nos matarían la inanición y la sed.

El edificio que nos servía de albergue se había desplomado sobre nosotros. Tres plantas convertidas en escombros nos estaban sepultando. Inexplicablemente dos vigas se habían cruzado sirviendo de contención a sendos trozos de pared, una a cada lado, y habíamos quedado atrapados en el estómago de una especie de pequeña pirámide. Eladio estaba ido, Araceli hacía ya más de dos semanas que había muerto, o tres, no sé, era imposible saberlo porque habíamos perdido la noción del tiempo.  A Araceli los obuses la habían sorprendido en la posta médica, ella era nuestra enfermera. La posta médica, una habitación contigua al albergue, había sido el primer objetivo, quedó pulverizada, la desaparecieron del mapa. Inmediatamente después nuestro albergue comenzó a derrumbarse blanco de más cañonazos. No nos dio tiempo a reaccionar, no nos dio tiempo a nada, apenas a protegernos, hechos un amasijo de cuerpos, bajo y tras las literas, fue aquí donde una barra de metal de una de las  ellas, al salirse del acople, le atravesó el pecho a Ramiro.  Pero…, volviendo a Eladio, él y Araceli hacía sólo un mes que se habían casado, fue antes de que nos destinaran allí, a la región de Huambo. Araceli era la negra más bonita que yo había visto en años, y mira que había visto negras lindas; pero ella tenía un no sé qué que nos volvía locos a todos. Eladio fue el que se llevó el gato al agua, bueno, la gata, y mira que él no tenía na’, era un tipo esmirriado, poco cosa, pero, eso sí, siempre estaba riéndose y con el chiste en la punta de la lengua, además de que era muy cariñoso y se hacía entrañable. Esas fueron las cosas que  conquistaron a Araceli: el buen humor y el gran corazón de Eladio Montesdeoca. Ya no quedaba, en Eladio, ni  sombra de aquella sonrisa, estaba en estado catatónico, su cara era una máscara pétrea, cetrina,  con los ojos velados, perdidos en Dios sabe que parte. Jacinto, a su lado,  no paraba de susurrar algo, era una cantinela ininteligible, una especie de mantra que le mantenía enajenado. Jacinto era el más joven de todos nosotros, sólo tenía dieciséis años. En Naranjos le esperaba, inmaculada, su novia. Él estaba enamorado de aquella chiquita como un verraco, estaba loco por casarse para poder pisársela, porque Melisa, así se llamaba la jevita, sólo le dejaba tocarle sus partes pudendas por encima del blúmer y más na’, ni siquiera meterle un poquito el dedo, ella le decía  que eso ya lo harían cuando se casaran. Jacinto se masturbaba varias veces a la semana a cuenta de una foto de Melisa, la misma que llevaba en las manos y a la que le dedicaba aquella cansina letanía. Yo, cuando le miraba,  veía a mi hijo Saúl, el que se me había ahogado con catorce años en la laguna Los Bueyes;  como él, Jacinto se iba a ir para el otro mundo sin haber templado nunca, virgen.

Frente a mí tenía la litera donde agonizaba Ramiro. Curro no se separaba de él, se había quedado dormido sobre el pecho de su hermano taponándole la herida; ellos eran gemelos. A pesar de que él  no tenía ni un rasguño, Curro se estaba muriendo a la par que Ramiro. Mi madre decía que la gente también se moría de tristeza, que a eso le llamaban pasión de ánimo.  Curro se había alistado voluntario para no dejar sólo a su “yunta”, así se decían el uno al otro. Ramiro siempre había sido muy temerario y mujeriego, Curro no, era más prudente y era bastante modoso. Yo nunca había visto gemelos tan idénticos físicamente a la vez que tan distintos en carácter y temperamento. Ramiro era sanguíneo y Curro era melancólico. La madre de Ellos, la negra Cachita, era amiga y vecina nuestra de toda la vida; el padre de ellos, Ladislao, era un bala perdida, había abandonado a Cachita cuando los gemelos eran todavía muy pequeños y nunca se ocupó de ellos. Cachita los cuidó y educó bien, eran unos muchachos excelentes. Creo que debían estar rondando los veintitantos años o algo así. No quería imaginarme  lo que iba a sufrir esa negra cuando le dijeran que sus hijos habían muerto en aquella guerra ajena, después de todos los trabajos y los sacrificios que ella había hecho para sacarlos adelante. Si alguien sabía de esto era yo, que había sido padre por partida triple y que había perdido un hijo, y esto último es un dolor lacerante que no cesa nunca. Una cosa así, no se la deseo ni a mi peor enemigo, es algo que te deja tan marcado que puedes hasta perder la cordura, “arrebatarte” por completo. Yo creo que por eso mismo, para olvidar esa amargura, para mitigar ese dolor, para suplir esa carencia, me sentía y actuaba como el padre del grupo, y quizás, también, porque yo era el mayor de todos,  acaba de cumplir cuarenta y seis años. Por otro lado era el de más alta graduación, el único que era militar de carrera,  el que tenía las ideas más claras, el que más experiencia tenía en situaciones de aquella envergadura, y, seguramente por eso, en aquellos momentos, era el único que aún mantenía la cabeza en su sitio, aunque, de vez en cuando, caía  rendido por el sopor, un sopor que me noqueaba como un puñetazo en la mandíbula.  Luego despertaba y me quedaba como en duermevela, en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia, entre lo real y lo irreal, hasta que de nuevo caía derrotado en las aguas turbias de la inconsciencia. Ya se lo he dicho, que habíamos perdido  la noción del tiempo y que, de una manera o de otra, estábamos todos enajenados, así que eso del corpus, corpus… que me preguntó usted ayer, y me ha vuelto a preguntar hoy al inicio de esta sesión, no sé qué significa, bueno, saber lo sé, es cuerpo en latín, pero el por qué lo decía, eso sí que no lo sé; tampoco puedo precisar el momento exacto en que ocurrió,  imagino que fue  aquella noche cuando murió Ramiro, y, vuelvo a decirle, si es que era de noche, porque…, ahora vuelvo a estar tan confundido como entonces… Igual Ramiro no había muerto esa noche, o esa tarde o ese día, a lo mejor ya estaba muerto y nos habíamos dado cuenta. Quiero convencerme que todo lo que vi fue producto de mi imaginación, que todo aquello fue una visión horrenda, una mala jugada de mi cerebro. Me vienen a la mente fragmentos aislados que mi memoria, como si fuera una moviola defectuosa, no puede editar del todo. Mire, lo primero que recuerdo fue ver, a través de una cortina neblinosa, a Curro con el corazón de Ramiro en las manos alzándolo sobre su cabeza, la suya, no la de su hermano, mientras mascullaba una oración en lengua yoruba o algo parecido y luego decía eso de corpus, corpus, corpus, y recuerdo… y  esto sí lo tengo muy nítido, ver sobre el abdomen desnudo de Ramiro una bayoneta ensangrentada. Luego debo haber caído de nuevo en el sopor, porque lo siguiente que recuerdo es verlo con la boca manchada de sangre, masticando, y luego con las manos vacías, y ver a Eladio mirándome de hito en hito de manera irracional y buscando, en el agujero del pecho de Ramiro, aquel corazón inexistente. Después no recuerdo nada más; ni siquiera cómo nos rescataron, ni cuando nos trajeron de vuelta, ni cuando llegué aquí, a la Casona.

_ Demetrio, la verdad es que nada de eso que me ha contado pasó exactamente así. Es imposible que usted pudiera ver nada, ustedes estaban sepultados bajo una montaña de escombros y estaban completamente a oscuras. Es posible que haya perdido un poco la noción del tiempo producto del shock, pero sólo había transcurrido un día desde que fueron atacados a que fueron rescatados por nuestras tropas.

_ Ve, ve lo que le decía…, entonces yo tenía razón, todo ha sido una mala jugada de mi cabeza…

_ Sí, hasta cierto punto sí, su mente ha fabulado todo eso para protegerle, para esconder lo que en realidad pasó, para camuflar la verdad.

_ ¿Qué verdad?

_ Demetrio, fue usted quien mató a Ramiro.

_ No, no es cierto, no es cierto, miente, usted miente, doctor, usted miente…

_ No, Demetrio, no miento, y mientras antes acepte los hechos, antes podremos tratarle. Todos aquí, en la Casona, queremos ayudarle. Yo le contaré lo sucedido, Demetrio.

_ Me molestan las amarras… quiero irme, sáqueme de aquí, doctor, sáqueme de aquí…

_ No le puedo soltar, Demetrio. Tranquilo, pronto acabaremos. Mire, la verdad es que, aquel día del ataque, ustedes habían acabado de recibir el correo y usted recibió una carta, esta carta que ahora le muestro, la ve,  la encontramos en su bolsillo, esta carta se la  había enviado su mujer, pero no era para usted, era para Ramiro, su mujer había trastocado los sobres, había metido en el suyo la carta para él y en el  de él la carta para usted. Su mujer le engañaba hacía ya mucho tiempo, Demetrio, le engañaba con Ramiro. Basta leer la carta para constatarlo.

_Noooo, mentira, es usted un mentiroso…, un puto mentiroso… ¡Cállese!

_ Cálmese, Demetrio, no grite… Escúcheme, les entregaron el correo unos veinte minutos antes de que comenzara el ataque, por lo que usted tuvo tiempo suficiente de leer la carta. Me puedo imaginar cómo tuvo que haberse sentido, puedo imaginar el dolor que le embargó al saberse traicionado, máxime cuando la traición le venía de tan cerca, de su propio compañero, su vecino de siempre, de un hombre más joven que usted, y de su mujer, su única novia, la madre de sus hijos, la madre de su hijo muerto. Puedo imaginar todo lo que le pasó por la cabeza; imaginar como la ira le fue emponzoñando hasta hacerle clamar venganza.
Sí, Demetrio, puedo imaginarlo, por eso, cuando el primer obús barrió la posta médica matando a Araceli e inmediatamente  después los cañonazos siguieron y se desmoronó todo sobres sus cabezas, fue que usted, Demetrio, en ese momento de caos, apuñaló a Ramiro en el corazón. Murió al instante. Sólo sus huellas aparecen en la bayoneta, Demetrio, sólo sus huellas, porque sólo estaban usted y Ramiro. Eladio, Jacinto y Curro, habían quedado atrapados al otro lado de la pared, en el cubículo contiguo.


_ Nooooo…., mentira…, mentira…, corpus, corpus, corpus, corpus…
_

(De la "Casona de Mambrú"  (relatos de aprendizaje)) 
O. Moré