sábado, 22 de octubre de 2016

LEZAMEANDO y OVIDEANDO

Cuba

Ciro Bianchi: ¿Cómo definría la poesía?

En una ocasión dije que la poesía era un caracol nocturno en un rectángulo de agua, pero desde luego, se le ve la raíz irónica a esa no definición, es decir, un caracol nocturno no se diferencia gran cosa de uno diurno y un rectángulo de agua es algo tan ilusorio como una aporía eleática, pero antes que todo, no para definir la poesía que no lo necesita, sino para acercársele, como yo he hecho en varias ocasiones, hay que hablar de la poesía, del poeta y del poema. La poesía actuando en la historia ni siquiera necesita nombrar su ejecutor, un poeta. El poema es un cuerpo resistente frente al tiempo y el poeta es el guardián de la semilla, de la posibilidad, del potens. Eso lo sacraliza, es el hombre que cuida un germen, nada menos que la semilla del potens, de la infinita posibilidad. Todos mis ensayos sobre poesía le dan la vuelta a estos temas y ellos como planetas le siguen dando vueltas a la poesía.

José Lezama Lima




LEZAMEANDO y OVIDEANDO

Primera Parte


Miserere antiguo para vaca sagrada,
réquiem moderno para cemí inmenso,
rapsodia para un mulo alado, oda barroca para órfico insurgente.

(hablándole a Lezama. Ejercicio lúdico de un no poeta)


El mazapán con las franjas del presagio
se iguala con la placenta de la vaca sagrada.1


Canto primero

Huiste de la inestabilidad del abejorro,
de las corrientes del golfo y de las franjas del presagio,
y sentiste el fuego de la caverna y la furia del cielo,
la torcedura de la ceiba en mitad del verde,
en mitad del blanco, al oeste del azul,
y te quedaste con esa quietud del ocelote que rasca su espalda
entre volutas de humo como si oliera  los almendros, los almendros,
los almendros…, de más allá del agua.
Y (japonerías aparte) hirviendo como el té, en ceremonia del té,
sangrando tu nocturno en un espasmo delirante,
como si los versos fueran muchachas, efebos, diosas o floras
que Portocarrero pintara de amarillo fosforescente
en un poema-óleo expresionista en la faz de la fijeza,
en un telúrico invierno de cálidas distancias y de frías cercanías
de yo me siembro en mi soledad
inmenso y barroco.


Canto segundo

Nadie como tú sabía de la espacialidad del verso,
del orfismo en la  mirada de Orfeo y de su casaca de lluvia,
de los relámpagos inertes y granas,
de Narciso moribundo, de Dánae frágil envolviendo labios,
de la noche trepadora, del cielo rodante, del Hai Kai
de gerundios precisos, de los madrigales totémicos,
de las telarañas helicoidales
de adeene que van más allá de lo imposible.

Gnóstico,
lírico, lóbrego y prampológico.
Hermético.
Esdrújulo, esdrújulo.
 Icosaedro.
Y salvaje y turbado; muerto-vivo y penitente.
Inmenso y barroco.

Canto tercero

Vaca sagrada con placenta de mazapán,
pero no Octavio, no Paz, no tolteca.
Sino tú, José.
Azúcar de ingenio o ingenio de azúcar, y Río Cauto y Turquino.
Y caracola de collares y travestido tocororo,
bijirita travestido, zunzún travestido.
Faisán de la india, dragón de Komodo, tabaco de Viñales,
aroma de Ceilán, ceiba con güije. Mito griego. Parnaso latino.
Siboney, Caribe, Atabey.
Caracol del ser. Secuencia de Fibonacci.
Pez inmóvil.
Metafísica jicotea de disímiles carapachos,
como una matrioska rusa:
isla dentro de la isla de otra isla.
José, Cemí, Oppiano, José, Cemí,
Licario, Lezama.
Azul. Dador. Paradiso. Insular.
Inmenso y barroco.

Canto Cuarto

Tu mano de mármol gris, tus olvidos, tu sola alma2,
allí, entre la carroza de alabastro, sí, alabastro, y corona,
sí, corona, y seda y velamen y néctar y pájaro.
Palabras perniciosas y efímeras… ¿ y qué?,
pero palabras al fin y al cabo, como espejos cóncavos,
como garzas blanquísimas en la necedad de un cielo oscuro,
rondando, reptando, haciendo la ronda,
como la serpiente que acaba y termina en su propia boca.
Ouroboro inmenso y barroco.

Canto quinto

Y así llegaron tus poemas, obcecados dioses
en altares de lirios negros
y blancas profecías, que te definieron y abarcaron,
porque tú, y solo tú, eras el elegido.
Guardián de la sustancia de lo inexistente3.

Y acaso te importaba la inmortalidad, o el tiempo, simplemente el tiempo,
tan injusto como la caracola que sorda escuchaba el mar.
Acaso importaba el tiempo y el juicio, y la ola en la caracola que sorda
escuchaba al mar, si rompías el léxico y la sintaxis y violabas musas
en las espaciadas lagunas del  todo y de la nada,
en sacrilegio continuo, en genialidad constante.
Asonantes y consonantes rimas de mirada oblicua.
Así, como ahora: erdos, edo, seos; ado, ado, ados:
“como entre dos recuerdos
un dedo besado atormentado desnudado
una muchedumbre de Perseos enlunados”

Así, inmenso y barroco.


Canto sexto

Acaso importa lo impoluto si la música llega  al imago,
a la ingente disciplina del azúcar propio, del arcano idilio… 
Dime tú, José, tú que lo sabías  ¿acaso importa?
Acaso hay dios, hombre, ente, espectro,
profeta, augur, oráculo, cartomántico,
que sepa, de verdad,  a ciencia cierta, qué cojones es la poesía,
como lo sabías tú.
Porque, José, tú  sí que lo sabías:
Era  (es) un misterio inabarcable,
un caracol nocturno en un rectángulo de agua,
 el oro tejido sobre el Nilo, la cifras de otros gestos,
la sustancia primigenia refractada en múltiples espejos,
la noche descendiendo al Hades,
la luz crecida en el nuevo árbol.
El cocuyo que busca y alumbra y prende y destroza
y vomita la imagen y la transmuta
en su verde fosforescencia atávica y futura.
Huidobro lo sabía, Borges lo sabía,
Eluard lo sabía.
Acuarimántima de Pofirio lo sabía.
Y virgilio, José, y Virgilio, el nuestro,
el de la Isla en peso y La destrucción del danzante,
también lo sabía.
Pero sobre todo tú, inmenso y barroco.


Canto séptimo

Porque, José, paradoja aparte de ignorantes y sapientes,
eso sólo lo saben los poetas, ese etimológico y semántico delirio,
sólo lo conocen los poetas, a pesar de que cada poeta tenga su librito.

Logos, pathos, ethos. Figuran implere.

Y yo, que no soy poeta, alguna noche de invisible cuerpo,
te confieso, mato  la poesía.
Pero sabes qué, José, que me importa una reverenda mierda,
porque tú ya la escribiste por mí,
y Martí y Baudelaire y Guillén (el nuestro) y Guillén (el otro) y Aleixandre y Bukowski y Darío y Villon y Neruda y Alberti
y Góngora y Quevedo y Bécquer….
Y, a propósito de Bécquer…, y tú me lo preguntas…
Poesía eres tú. Inmensa y barroca.

Canto octavo

¿Aporía?

Y en la vastedad, José, en la vastedad, donde la metáfora
modela  la imagen
hasta desvirtuar los espejos azogados de cielos nimios,
 de sideral mito eterno y les dota de visceralidad
en la metamorfosis, para que el simple patito
recobre las alas de cisne encantado.
¿Crees que por ello el campo, en su trigo dorado, en su mística silueta
de amapolas de juegos medievales,
le será profanado el himen  dulce de la verbigracia
en el cíclico pubis de Erato?
(Porque Erato, para ti, seguramente (como para mí), era una mulata insomne
de grupa colosal sobre una yegua anaranjada
y silvestre que daba coces a las amapolas de los juegos)
¿O, de lo contrario, se nutrirá la sabana
del rojo de la amapola, y el valle del verde de la palma
y del anaranjado de la yegua, tan pura en su sangre, tan pura,
la yegua, que pareciera ella  misma una diosa inmensa y barroca?


Canto noveno

No sé, poeta, no sé, a veces soy telaraña en un bosque
complejo y sibarita, y otras, simplemente, agua en el charco sucio
de las ambivalencias, y mis músculos verbales
se atrofian hasta convertirme en una estatua ilusoria.
Y no sé, José, no sé hasta qué punto
hablarle a las palabras es un signo de cordura o de locura,
por eso leo fragmentos de Rapsodia para un mulo:

Las salvadas alas en el mulo inexistentes,
más apuntala su cuerpo en el abismo
la faja que le impide la dispersión
de la carga de plomo que en la entraña
del mulo pesa cayendo en la tierra húmeda
de piedras pisadas con un nombre.
Seguro, fajado por Dios,
entra el poderoso mulo en el abismo.

Y es que nací de alas amputadas rebuznando
sobre el verde cocodrilo (según Nicolás) con sus ojos de piedra y agua,
con adicción a la rima, pero mulo al fin.
Híbrido, mestizo. Bicho raro. Ni inmenso ni barraco.


Canto décimo

Lúdico bajaste al Hades
y Proserpina te vio,
y al verte se convirtió
en cubanas humedades.
Le besaste con verdades,
le robaste los tres granos,
y en los palmares cubanos
otra diosa renació:
tu poética, que abrió
las piernas a los arcanos.

 Y en la calle Trocadero
tras los biombos de Casal
tu delirante animal
icárico hoya el sendero.
Y no puede el “sol de enero”
ni de de agosto ni diciembre
lograr que el fuego remembre
tus alas de ángel caído,
ni que un tizón encendido
entre tus brazos se siembre.

No obstante, con la ceniza
de las plumas de tus alas
modelaste las dos balas
con que mataste la prisa.
Y lograste que Artemisa
pusiera un ciervo a tus pies
consagrándote el ciprés
de lo ignoto y lo hechizado,
a ti, un cubano enquistado
en el “antes y el después”.

En el parnaso ya estás
entre Plácido y Martí,
libertino colibrí,
hipnótico Barrabás.
El reloj difamará
con su tic tac como un loco,
pero el tiempo, poco a poco,
inmortal ya te ha tejido,
porque hasta Dios te predijo
así de inmenso y barroco.


Canto undécimo


Yo bebí de los soles ancestrales
que dejaste fraguando en el misterio
y mi genes de guajiro en cautiverio
me llevaron a morir entre vestales.

Pero basta  de hablar de mi genética,
basta ya de esas fábulas que fueron
el dúctil colmenar donde eligieron
la cera de mi estirpe anacorética.

Volvamos otra vez a este discurso,
a la noche incierta en que otra mano
extirpó con pasión de cirujano
tu verbo irregular con negro uso.

Yo te vi con la muerte en los talones
seguido por la bestia teocrática
en su afán de cuadrar su matemática
con  cifras del decir de los bufones.

Y no hay muerte, José, que a ti te quiera,
porque vivo en el poema te has mostrado
y en su pulpa  quedaste entronizado
dando luces de plata a la quimera.

Y yo huí de aquel fértil territorio
donde en tierra de nadie te quedaste,
pero el cielo me dijo que pasaste
en su azul siendo un ángel transitorio.

Y en los días, José, que me trastoco
en neblina catártica, sin miedo
me adentro en tu poesis y me quedo
absorto entre lo inmenso y lo barroco.


Canto final

Y seguro que allá , en la vorágine, en el paradójico
 cielo cristiano de los muertos y el infernal Hades
 de los muertos antiguos,
juegas a los dados con San Pedro y con Caronte
mientras platicas, con voz de asmático inocente,
de la cantidad hechizada
y de la anagnórisis de tu yo poeta y tu yo humano,
porque tú, José,

nunca fuiste de este mundo.

Leonardo Cuervo / La Cantidad Hechizada/ Homenaje a Lezama/ CUBA

Parte segunda

Ovidio lúdico.
Jugando con Lezama.

El sueño que se apresura5
no es el mismo que revierte.
La muerte cuando es la muerte,
pierde la boca madura.


   I
  
 Soneto del sueño negro

Morfeo observa distante
la seda de su onirismo
y en ese mismo lirismo
perece Ninfa al instante.

Y se lanza galopante
con ansias hacia el abismo
y no encuentra el simbolismo
a muerte tan inquietante.

Entonces en su arrebato
el sueño que se apresura
perpetra otro asesinato.

Morfeo se desfigura,
como Gray en el retrato
pierde su boca madura.


II

Glosa del Edén perdido
Cuerpo desnudo en la barca.6
Pez duerme junto al desnudo
que huido del cuerpo vierte
un nuevo punto plateado.



Eva va vistiendo el río
de plata con su memoria
y se queda sin su historia
como un caracol vacío.
Eva conoce el impío
juego y su última carta
la guarda dentro del arca
donde huye al anochecer,
porque Eva quiere ser
cuerpo desnudo en la barca.


Y Adán que fue marinero
y de los mares se vino
la siguió hasta su destino
y se quemó en su velero.
Pero en el fondo, en su fuero,
el mar, tritón concienzudo,
lo acogió como a un menudo
pececillo dibujado
en un lienzo titulado:
Pez duerme junto al desnudo


Así fue que el viejo Edén
se quedó sin moradores
y sufrió los estertores
como un agónico tren.
La serpiente, de retén,
llorando está casi inerte
porque no entiende la suerte
que le ha tocado vivir
ni sabe qué es el sentir
que huido del cuerpo vierte.


Pero Dios, que mucho sabe,
se adentra en el barrizal
y crea un nuevo animal
que le siga y que le alabe.
Luego lo encierra con llave
en un islote alargado,
que es el jardín transformado
en paraíso y erebo.
Y allí Dios pone de sebo
un nuevo punto plateado.





III

Romance de Ninfa danzante

Teje una red en el aire7



Muchacha de la tibieza,
he de mostrarte este baile
y marcar el ritmo, incluso,
con el latir de mi sangre.
Yo te abriré la camisa
para sin miedo catarte
por entre los senos vivos
con la intención de fugarme
a tus muslos de Isadora,
 y a tu pubis, al intocable
punto de la nota herida,
que vivo habré de cantarle.
Muchacha del acertijo,
musa del ardor y el hambre
que me provoca tu espalda,
deja que tu cuerpo atrape
en una danza infinita
como díscolo danzante.
Mi verso es de antigua rima,
de erecto y sutil romance,
acótalo entre tus manos,
teje una red en el aire.




IV

Serventecios gerundianos de un  toro cubista

El toro de Guisando8
no pregunta cómo ni cuándo,
va creciendo y temblando.


En gerundio, sin complejos
de esteta, le va matando
los brillos y los reflejos
al niño que va capeando*.

La verónica, el estoque,
la sangre que va cayendo;
por arte de bibirloque
la vida se le va yendo.

Y un Picasso lo domina,
cubista lo va pintando
con la pincelada fina
a otro toro de Guisando.

Y se salta el burladero
el toro en versos rompiendo
el sacrosanto sendero
con asonancias, queriendo.


no pregunta cómo ni cuándo,
va creciendo y temblando.
*Versando.



V

Arte poética

¿Quién pregunta al cristal 9
que se enterró, malogrando
testa y verano crecido?


Soy caustico y corroo  la cal de mi tristeza
y puedo dirimir el verso inalcanzado
al detener de golpe sobre mi fiel cabeza
mi propensión a ser monstruo decapitado.

Me acuesto con las sierpes y nacen angelitos
con alas a la espalda y patas de carnero,
y en medio del litigio de ser lo que no quiero
me acusan a destajo de múltiples delitos.

No obstante en la yincana de obstáculos reales
ensillo mi centauro con bridas celestiales
y escribo mientras salto metáforas ingentes.

Así voy destruyendo sombríos pantanales
como un Lezama dúctil de rasgos insurgentes
haciendo de martillo para romper cristales.


O. Moré
Octubre de 2016


Fragmentos y versos escogidos  de los poemas de Lezama Lima o de ensayos sobre su obra:


1-       Octavio Paz
2-       No hay que pasar
3-       Carlos Orlando Fino Gómez. La sustancia inexistente. Estética e historiografía en la obra crítica de José Lezama Lima.
4-       Madrigal
5-       A la frialdad
6-       A la frialdad
7-       Fábula de Apolo y Narciso
8-       Hai Kai en gerundio
9-       Fábula de Apolo y Narciso

 
Lezama / Jorge Arche / CUBA