domingo, 9 de octubre de 2016

Diálogo decimado

Guerra y paz /  Paolo Troilo / Italia
(más de este artista haciendo click en el nombre)



Diálogo decimado

En las lomas cubanas, allá, en lo intrincado del monte y al amparo de una cueva, se refugiaron dos guajiros huyendo de un perro jíbaro. Aristóteles y Platón, que así se llamaban, eran amigos desde pequeños, vivían uno al lado del otro, bohío con bohío, y tenían una afición común: la metafísica. Cada día, después de la jornada con los bueyes y el arado, y de degustar un buen almuerzo a base de harina de maíz tierno con chicharrones, se iban al monte para gozar de la vida contemplativa y filosofar.  Y fue en un día de estos, en el que se habían alejado de sus casas más de lo permisible, que se encontraron de golpe con el perro jíbaro antes mencionado. Sin perder ni un segundo ambos huyeron a todo correr loma arriba, mientras el perro, al que todos llamaban Mefistófeles, y que se había hecho famoso en toda la campiña y el monte por las sangrientas historias que de él se contaban, les seguía. Mefistófeles, al igual que ellos, estaba viejo y, para colmo, renqueaba de una pata, por lo que su velocidad en la carrera se veía gravemente afectada, lo que favoreció a sobremanera a nuestros guajiros filósofos que, gracias a esto, pudieron sacarle una prominente ventaja.  No obstante, Mefistófeles, a pesar de que había perdido muchas de sus facultades debido a su decrepitud, seguía conservando su perseverancia y su sentido del olfato como en sus años mozos, y seguía infundiendo muchísimo miedo gracias a su apariencia famélica, su pelambre hirsuta y sus grandes colmillos.

Después de cruzar un riachuelo e ir ganando altura por una cuesta pedregosa, Aristóteles y Platón dieron con la cueva en la que se refugiaron. La cueva era diminuta, pero estaba muy bien camuflada tras la abundante vegetación, esto les procuró cierta seguridad. Allí se quedaron agazapados y a la espera. Al cabo de diez minutos en los que había reinado la calma y no se había presagiado peligro alguno, ambos se relajaron y, como era su costumbre, comenzaron a filosofar confiados de que habían burlado a Mefistófeles. Parte de esa plática filosófica, y de lo que pasó después, quedó reflejado en las décimas de un poeta oriundo del batey de Grecia, convecino de nuestros protagonistas y de nombre Esquilo Tocororo. Esquilo era admirador de las fábulas de Esopo, de Iriarte y de las  moralejas que de estas se desprendían, así que, inspirado en una fábula de Iriarte, dejó para la posteridad, con el título de Diálogo,  lo que a continuación reproduzco.



Diálogo

_

Muero en una cama fría,
vivo en una carne muerta,
y aún no hallé la respuesta
para mi  filantropía.
¿Acaso en esta agonía
amar se puede a un igual?
¿Acaso en este panal
de sanguinarias abejas
podré acabar con mis quejas
y encumbrar ese ideal?


_Muy pesimista te veo,
Aristóteles Montuno,
no hay ser, y lo sé, ninguno,
que abjure del “guasabeo”.
Yo, que a menudo te leo,
siempre me pongo a pensar
por qué  tu filosofar
falto está de sabrosura.
¿No es hora que a tu “escritura”
la pongas a retozar?


_Qué dices, Platón Bejuco,
ya no tengo apenas ganas,
y a los viejos tarambanas
no los quieren ni en Jaruco.
Y aunque conociera un truco
para paliar mi altibajo
me parece que es trabajo
agotador, sin provecho.
No ves que estoy flojo y hecho
un miseriento estropajo.


_Y eso qué importancia tiene,
el añejo es mejor vino.
No cojas ese camino,
que eso a ti no te conviene.
Sólo lograrás se aliene
tu mente que es  expedita.
Deja ya esa  musiquita
que muy cansina resulta.
Si esa duda te sepulta
otra virtud te amerita.


Usa la lengua, Montuno,
que la lengua cual espada
en la cavidad mojada
es Atila el gran rey huno.
Dar lengua es muy oportuno
sólo tienes que saber
cogerle el punto y poder
recitar de norte a sur.
Ya verás que en ese albur
tú vuelves a florecer.


_No sigas, Platón, no sigas,
que te pasaste de verde.
Es feo que te recuerde
tu “origen”, pero me obligas.
¿Te crees que está bien que digas
que utilice el instrumento
oral que me dio sustento
como sofista erudito
en cometer tal delito
con ese “desdoblamiento”?


_Pues a las patricias todas
(y a las que no son patricias)
les gustan esas caricias
“lenguaraces” de rapsodas.
Allá tú si te incomodas,
y a la lengua sólo un uso
le  estás dando. No es abuso,
si despacio, y si se deja.
a una patricia en la oreja
le das trabajo profuso.


_Sabes que te digo, obseso,
Platón de lengua procaz,
que  un cabrito montaraz
no tiene podrido el seso
como tú, que a la sin hueso
le estás dando esa batalla.
Cualquier día la morralla
que acumulas en la boca
te hará sudar gota a gota
toda tu estirpe canalla.


_Pero qué te habrás pensado…,
te hablo de poesía.

_Crees que como catibía,
tú hablabas de ese “pecado”.

_Que estás muy equivocado,
te lo juro, no te miento.

_Ándate a tomar el  viento.

_Y tú directo a la mierda.

_Estás logrando que pierda
los estribos, de momento…



_Me da igual que los estribos
tú pierdas… ¿Crees que me asusto?

_Cállate ya, so vetusto,
necesitas correctivos.

_Y tú unos respectivos
azotes en la carota…

_No tienes güevos, idiota.
Recuerda que sé kung fu.

_No me hagas reír, sijú,
que tú no sabes ni jota.



 Y así, en esa disputa
como a los torpes conejos,
el perro atacó a los viejos
a la entrada de la gruta.
El can cogió la batuta
sabiéndose juez y parte,
recordando aquel aparte
que en su fábula, al final,
de manera magistral
nos legó el gran Iriarte.


“Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo”.






O. Moré
2016