domingo, 19 de junio de 2016

Mirai Maia y Ondina (sobre unas ilustraciones de Lola Rodríguez)


Mi amiga, la ilustradora Lola Rodríguez, me pasó estos dibujos para que le diera mi parecer, pero, inquieto como soy, me puse manos a la obra y me inventé, en el acto, sendas historias. La idea era escribir lo primero que me viniera a la cabeza observando las ilustraciones, o sea, recurrir a la escritura automática y, al acabar, intentar no hacer  ningún cambio, y si hacía alguno, que fuera mínimo.

Un ejercicio parecido nos ponía la maestra en tercero o cuarto grado de primaria (si no me traiciona la memoria). Teníamos que hacer una redacción de la lámina que ella nos mostraba. La colgaba al lado de la pizarra y venga, a escribir. A mis compañeros les parecía un incordio, a mí me encantaba, porque era una oportunidad única para dar rienda suelta a la imaginación y poner a trabajar mi cocorioco siempre lleno de fabulaciones. Como dicen por acá, por la península: "me las pasaba pipa".

Esto fue lo que salió. Aquí las comparto. Lola también hizo lo mismo, hace poco, en su blog  http://kyuminkumo.blogspot.com.es/



Mirai Maia / Lola Rodríguez / Barcelona / España



MIRAI MAIA




Ella recogía las esquirlas de estrellas fugaces que habían quedado desperdigadas por la campiña después de Las Perseidas,  y las sembraba en macetas multicolores  en el invernadero. El invernadero había pertenecido a su tío Gráncibal, botánico, mago y alquimista; de él  había aprendido  el cultivo de amapolas perennes y la domesticación de peces en el éter, entre otras hechicerías. Cada mañana regaba las esquirlas con agua de mar, pues había leído en el Gran Libro de las Maravillas, también heredado de su tío, que las estrellas sólo se alimentaban de agua salobre. Cuando las esquirlas germinaban en las macetas, las trasplantaba a su jardín, situándolas en torno a un árbol de alcornoque  que de “alcornoque” no tenía absolutamente nada, pues era dueño de una inusitada sapiencia. Allí los futuros astros crecían sanos hasta convertirse en pequeños soles amarillos. Llegado el otoño los soles ya habían alcanzado la maduración exacta, entonces ella recogía la cosecha. Con esmero fabricaba, en cobre y plata, lucernarios de exóticas formas y en cada uno engarzaba un sol. Finalizado el trabajo, al cual dedicaba varias semanas,  bajaba su preciada mercancía al caserío en una carreta tirada por un percherón zaino y parlanchín, e iba regalando los raros farolillos, casa por casa, a todos los habitantes del poblado, para que pudieran iluminarse y calentarse durante el duro y frío invierno que estaba por llegar. Los pueblerinos, agradecidos, le regalaban sonrisas, que ella guardaba en un estuche  de ébano, y luego, con parsimonia y gracia, y la ayuda de un pájaro carpintero,  enmarcaba y colgaba en las paredes de su casa. Alrededor del alcornoque siempre dejaba unos cuantos soles para su propio disfrute.  Así que en las noches invernales de luna nueva, se le podía ver a ella, a Mirai Maia, sentada en una de las ramas del viejo árbol, absorta entre las páginas del Libro de las Maravillas, y también a su mascota (un pez payaso que siempre había soñado con ser podenco) jugueteando entre los soles y las amapolas, arropados, ambos, por la calidez y la luz que  los solecillos proveían, como si aquella fría noche fuera una noche cualquiera de primavera.



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Ondina  /Lola Rodríguez / Barcelona / España

ONDINA


Sentada en el quicio de su ventana, con el océano al fondo, Ondina rememoraba todo lo que había acontecido en su vida  hasta haber logrado el éxito y convertirse en  la prima ballerina assoluta de los siete mares. Ella, nacida en las quietas aguas de una humilde laguna, había vencido, en singulares duelos,  a las más afamadas nereidas. No había habido magia ni hechicerías, sólo trabajo duro y constante. Bailar sobre el espejo estático de la laguna era una insignificancia, lo extraordinario era bailar sobre las furiosas olas marinas y dominarlas a tu antojo; vestirte con sus espumas y degustar en los labios el sabor, aunque fuera salado, del triunfo de la doma; eso era lo que ella siempre había deseado y por lo que  había luchado un año tras otro.  Sin embargo, a pesar de tan épica conquista,  a pesar de que en ese largo trecho desde la laguna hasta el  mar, en esa cruenta guerra contra las adversidades, los convencionalismos y hasta contra los designios divinos, que le habían hecho alcanzar la cima y la gloria, Ondina, no era feliz, porque en la batalla más mundana, en los avatares del amor, había conocido la derrota.

Ondina se había enamorado de Céfiro, el cálido viento que encrespaba las olas que ella domaba en su danza perfecta y elegante. Céfiro le había prometido amor  eterno y Ondina se había creído la promesa a pies juntillas, mas todo había sido un ardid del libidinoso y mujeriego vientecillo,  que se dedicaba a ir cortejando, una por una,  a las ninfas y nereidas, esas mismas nereidas danzantes rivales de Ondina. Céfiro se paseaba entre ellas, acariciaba sus cuerpos  y  jugueteaba bajo sus faldas de algas multicolores; soplaba delicadamente en sus oídos y les susurraba canciones románticas a la par que  les tejía diademas de espuma en sus cabelleras, luego, acabadas  las galanterías y el cortejo,  les hacía el amor entre los peñascos abruptos de la costa o en las húmedas  arenas de las playas. Y, justamente, en una de aquellas playas, Ondina le había descubierto jugueteando en las  carnes de Náyade. En ese instante ella sintió que el corazón se le deshacía dentro del  pecho fulminado por un dolor inexplicable que la sumía en la tristeza, y, también, en las arenas movedizas de los celos. Por eso ahora la vemos  sentada en el quicio de la ventana, vestida aún con la ropa de su última función (un ballet inspirado en Moll Flandes, de Daniel Defoe) rememorando a la par sus hazañas en el baile y sus encuentros amorosos con Céfiro, y preguntándose cómo había sido posible que ella, la más voluntariosa y valiente de las ninfas de los ríos y las lagunas,  la que había conquistado el mar en un sacrificio perenne, hubiera caído, vulnerable e indefensa, en las desventuras del amor, dejándose inocular aquella tristeza que, como negros peces depredadores, podía ver ocupando cada rescoldo de su existencia y haciéndola presa de  la corrosiva desolación que la estaba embargando de cabeza a pies.


O. Moré
2016