jueves, 12 de mayo de 2016

Abeja Roja




Quizás la única manera de verme obligado, algún día, a terminar este relato, es publicando algunos  fragmentos. Lo que comenzó como una farsa o un sainete algo vernáculo para desterrar una tristeza corrosiva, después de varias reescrituras se ha convertido en algo completamente diferente. La verdad es que, también, me he metido en  un verdadero berenjenal del que no logro salir, ya que, a medida que voy escribiendo, se me ocurren diversas tramas y no sé, aún, cual me agrada más y,  menos, cuál es la más idónea.

Así que léase este relato como lo que es, un simple divertimento sin  pretensiones literarias, al que me aboqué en su día para combatir la  ya mencionada tristeza además de la abulia. Ambas llevaban, en aquella época,  un tiempo rondándome y no veía mejor  manera para poder asesinarlas poco a poco y lentamente que intentando escribir en clave de humor.

 Gracias por la lectura. Aquí les dejo con el primer capítulo.


ABEJA ROJA
I







Pruebe, pruebe  uno… ¿Jugosos, eh…? No encontrará otros como los míos en toda la zona…




Bueno, sobre lo que me había preguntado usted…  Mire, yo nunca pensé formar parte de la cátedra, ellos me invitaron. Todo fue por culpa de aquel curso de entomología, específicamente sobre los himenópteros,  que daba mi amigo Rigoberto Vasconcelos, y al que me apunté más por complacerle que por otra cosa, porque, la verdad, a mí las hormigas, abejas y avispas, no es que me interesaran mucho en aquella época, mi especialidad eran los lepidópteros…, las mariposas,  hablando en cristiano,  a las que me había aficionado desde que Helenita Troya, un amor imposible de mi adolescencia,   nos había desvelado en clase de educación física los sugerentes tatuajes que le había hecho, no recuerdo quién, de dos hermosos especímenes. Uno lo llevaba bajo el ombligo: allí exhibía con desfachatez la  Danaus Plexippus, comúnmente llamada mariposa monarca.  El otro lo llevaba en la rabadilla; aquí, con más descaro aún, la Morpho Didius haciendo gala de su paleta cromática de azules.  En ambos tatuajes el trabajo del artista había sido exquisito, ya no sólo por la belleza de las especies seleccionadas, sino, además, por el nivel de preciosismo y realismo conseguidos…



Coja otro, no se lo voy a cobrar…., mire, éste, éste mismo… ¡Fíjese qué piel tan tersa, qué rojo tan bonito! Y el sabor… ¿qué me dice del sabor…? ¡Muy bueno, eh! Nadie cuida los tomates como yo; les trato con mucho mimo y les nutro con un abono especial…



¿Por dónde iba…? Ah, sí… Hasta aquel momento las mariposas para mí eran sólo unos insectos a los que  la naturaleza  había tenido la gentileza de dotar de cierta gracia entre tanto bicho feo, pero, al contemplar las de Helenita, mi visión cambió radicalmente y, en aquel preciso instante, pasaron a ser las criaturas más hermosas, sexys y angelicales de toda Insectolandia. Si ya Helenita me erotizaba con su exuberante cuerpo a lo “Criollita de Wilson”*, el añadido de los tatuajes en sus carnes me transportó, directamente, al éxtasis supremo. Me lancé como un poseso a leer cuanto libro hallé de lepidópteros. Principalmente mi objetivo se ceñía  a indagar  cuáles eran las especies que habitaban, coloreadas en tinta, su piel de quinceañera, para luego, información en mano, poder entablar una conversación con ella (la típica  que rompe el hielo), ya que, de otra forma, dada mi timidez y mi físico, yo era consciente de que no sería capaz de comenzar. Aquellas mariposas eran el pretexto idóneo. Pero, a medida que iba investigando y metiéndome  en ese mundo, me quedé  atrapado  en la  red de los cazamariposas como un lepidóptero más, y, a la par que fue creciendo mi libido por Helenita, fue creciendo mi pasión por las mariposas…



Lo siento, me estoy alejando del tema… Aunque por la expresión de su cara  creo entender que  también le interesa esta historia  ¿Se la sigo contando…? ¿Sí? Muy bien. Sí, lo entiendo, todo puede serle útil…



Pues, mire usted, el día que creí que ya estaba totalmente preparado: mi cerebro rebosante de toda la información necesaria sobre las  mariposas en cuestión,  decidí ir en busca de Helenita, aunque Rigo me había advertido que no lo hiciera, que aquello iba a ser un suicidio social…  Sí, Rigo, Rigoberto, mi mejor amigo en aquella época, el mismo del curso de entomología del que le he hablado antes. Según como él lo veía, aquello iba a ser un desastre, y, para argumentarlo, me enumeró toda una ristra de torpezas que yo había ido coleccionando en lo referente al cortejo de las féminas. Yo no le hice caso, porque pensé que estaba celoso: él también iba detrás de las mariposas de Helenita. Así que, desoyendo el consejo de  Rigo, me presenté delante de ella en el recreo y, tartamudeando como un imbécil, comencé a soltarle datos a diestra y siniestra sobre sus epidérmicos insectos sin tan siquiera articular un simple “Hola”, así, tal cual, como un androide al que aprietan una tecla y  suelta de golpe toda la cantinela que le ha sido programada. He de decirle que para llegar a cometer tamaña ridiculez (no podría llamarle de otra forma) y darme el valor necesario, me había tomado con anterioridad unos cuantos vasos de tilo con cañasanta y otros tantos buches de ron Paticruzado, que, por supuesto, me sentaron como una bomba, por lo que, al tiempo que recitaba mi abrupta letanía lepidóptera, mi vejiga se levantó en pie de guerra y dijo: “hasta aquí he llegado”,  enviando al cerebro la orden inmediata de miccionar, entonces, en un pírrico intento de aguantarme las ganas, crucé las piernas, pero… qué va, no había  modo de contener aquello, el deseo se intensificó  y comencé a contorsionarme de una manera escandalosa, emulando al mismísimo muñeco de la etiqueta de la botella de ron, lo que trajo al traste que la chiquillada  reparara en mí y que la hilaridad, llevada a su máximo extremo (carcajadas sonoras y estruendosas), se adueñara de todo el patio. Helenita fue la primera en comenzar a reír desenfrenadamente y señalándome con el dedo me dijo: “Chico, eres tremendo, pero tremendo cacho de guanajo”, con la misma se  dio media vuelta y me dejó allí, convertido en carne fresca para la jauría. Yo, en ese momento, hubiera querido ser como la Greta Oto o la Haetera Piera: transparente e invisible a la mirada de aquellos carcajeantes depredadores. Salí disparado hacia los lavabos dejando una estela de risotadas a mi paso.  Aliviando la vejiga, en el apestoso meadero, llegue al convencimiento de que Helenita nunca más me miraría con buenos ojos y que cualquier atisbo de esperanza de una relación con ella sólo sucedería en mis sueños. Durante mucho tiempo seguí queriéndola en silencio,  desde un visceral platonismo, hasta que un día ella desapareció inexplicablemente y nunca más volvimos a verla. Al poco alguien comentó que se había ido en una balsa para Miami. Nunca la he olvidado. Cada vez que veo una mariposa mi mente me la devuelve e intento imaginármela con la edad que tendría hoy.



¿Un poquito de agua? Sí, por supuesto,  sírvase usted misma… Coja la de la tinaja, estará más fresca. ¿Sabe…? Hay algo en usted que me la recuerda… Sí, sí, a Helenita Troya… 



¿De verdad cree que ésta también puede ser  una buena historia para un relato? Yo no le veo mucha carne literaria a mis fatalidades… Bueno, si usted lo dice… Es usted la que sabe de estas cosas. ¿Qué…? Por supuesto, ahora continúo con lo del curso y la cátedra.



Como le contaba al principio, antes de que me fuera por las ramas con lo de las mariposas. Me apunté al curso de entomología para complacer a Rigo,  que me había estado dando la tabarra durante casi un mes con una única y vacua excusa, la de que le haría mucha, pero mucha ilusión, que yo asistiera. Rigo y yo éramos amigos desde la primaria y, a pesar, como le he contado, de que ambos estuvimos detrás de las mariposas de Helenita, llegando a existir una pequeña rivalidad entre nosotros, lo cierto es que siempre nos habíamos llevado estupendamente. A los dos nos gustaban las ciencias, la misma música y hasta los mismos poetas; juntos nos fuimos a estudiar biología a la universidad de Almácigo, en la capital de la isla. Él, al acabar la carrera, se especializó en entomología, como ya ha podido suponer.  Yo no pude acabarla, a medio curso del segundo año contraje una rara y contagiosa enfermedad que me dejó casi cadáver durante un trienio. Cuando me recuperé ya no me veía con fuerzas para retomar los estudios de biología; demasiados años perdidos y demasiados años por delante, así que me incorporé al destacamento pedagógico y en poco tiempo me gradué de maestro.



Como ve, tras la universidad, nuestros destinos tomaron diferentes derroteros. Pasado unos meses, después de graduarse con honores en la especialización de entomología, Rigo fue seleccionado para una misión de estudios en el Amazonas en la que estuvo cerca dos años; allí conoció a la que es hoy su esposa: Guadalupe Saavedra; acabada la misión ambos recalaron en la Universidad de Verdolaga, en nuestra provincia; allí fue donde  ocurrió todo…



Sí, sí, estoy bien, no se preocupe, lo estoy superando. Ha pasado mucho tiempo, pero es difícil olvidar… La muerte de Deméter me dejó seco, árido, perdido… Bueno, el pasado, pasado está. Continúo.



Hacía más de un año que Rigo y Guadalupe estaban allí, en Verdolaga, y allí era donde él impartiría el curso. Yo, por mi parte, después de acabar el pedagógico, había hecho varios intentos por acceder a una beca de maestro para un programa de intercambio  en la antigua RDA, que no es que me interesara mucho pero, si lograba hacerme con la plaza, tendría la posibilidad de escapar una temporada de la mediocridad de nuestro pueblo.  Cómo indica la lógica, para tal menester, era imprescindible aprender alemán, pero resultó que la dichosa lengua no me entraba ni rajándome  la cabeza y metiéndome todos los diccionarios dentro, por lo que tuve  que desistir y, al final, optar por un puesto vacante de profesor de ciencias, que nadie quería, en mi antigua escuela secundaria, donde, para más inri,  mi fama como el “meón paticruzado, amante de las mariposas” aún perduraba en la memoria del profesorado. Y un buen día, cogiendo botella  a las afueras de la escuela, cosa que hacía diariamente para dirigirme a mi casa, Rigoberto apareció ante mí conduciendo un Lada blanco, fruto del reconocimiento que le habían dado por su misión en el Amazonas. Fue una agradabilísima sorpresa. Después de los abrazos de rigor, mi amigo se ofreció para llevarme a casa. Monté en su carro de diseño soviético y, durante el transcurso del viaje, nos contamos nuestras respectivas vivencias y avatares desde que habíamos dejado de vernos. Fue en este viaje, precisamente, donde me invitó a su curso por primera vez, porque, como ya le he dicho antes, luego estuvo dándome la lata bastante tiempo, ya que lo de recogerme a la salida de la escuela se convirtió en una rutina.



Llegado el momento, asistí al curso. La verdad es que, sorprendentemente,  me resultó muy ameno; Rigo tenía un magnetismo especial, un don para captar el interés de los oyentes que era algo fuera de lo común; sus clases destilaban magia, lograban involucrarte del todo. Aprendí muchísimo y logró contagiarme su pasión por los himenópteros.





Como trabajo final del susodicho curso hice  una pequeña ponencia sobre la abeja roja Rhodanthidium Sticticum, e intenté poner en ella toda esa pasión adquirida. A Rigo la ponencia le pareció muy buena, “volaísima”, dijo, término que  no escuchaba yo desde nuestros años de secundaria. Y le agradó tanto la ponencia (eso creí) que quiso incluirla en su temario docente, previo consentimiento mío, claro está, pero no para impartirla él en clase, sino para que lo hiciera yo mismo. Dos días después, Guadalupe, que para ese entonces ya era la vicerrectora de la cátedra de entomología, me llamó por teléfono para decirme que habían aprobado la solicitud de Rigo y que me aceptaban como profesor invitado en la cátedra. Me dijo, además, que mi ponencia sobre la abeja roja sería programada en breve, que ya se pondrían de acuerdo conmigo para la fecha y la hora de mi exposición, pues, aún, tenían que hacer los ajustes necesarios en el programa lectivo con tal propósito. Imagínense mi asombro desde el momento mismo en que Rigo me hizo la oferta. ¡Yo, que era un entomólogo aficionado, un profesorcillo de ciencias naturales en una secundaria del tres al cuarto, iba a dar una clase  en un recinto universitario! Cuando lo pensé bien, me cagué en los pantalones, pero, en un segundo ataque de locura, me dije con mucho optimismo: Venga, Diluvio, has de coger el toro por los cuernos. Quizás hubiera sido más apropiado haber dicho “al escarabajo por el cuerno”, o, aún más, “a la abeja por el aguijón”, pero, en fin, eso fue lo que me dije. 



¿Qué de dónde viene mi nombre…? Cosas de mi madre,  católica que renegó de todos los santos cuando un aguacero descomunal, que duró varias horas, la sorprendió debajo de una güira cimarrona al mismo tiempo que rompía aguas y ningún miembro del santoral cristiano apareció por los alrededores, ni siquiera el mismísimo Cristo, para auxiliarla, por lo que parió allí, sin ayuda de nadie, como antiguamente hacían las indias taínas.  Menos mal que, visto lo visto, le dio por bautizarme Diluvio y no Güiro. Y ahora que lo pienso bien, supongo que en ese momento mi madre no recordó que con el fruto de la Crescentia Cujete, o sea, la güira, se fabricaban las maracas, porque, de haberlo recordado, tenía todos los números para que me hubiese bautizado con el nombre de Maraco, cuyo diminutivo sería Maraquito, y de ahí a mariquita, hay sólo una I y una A de diferencia. ¡Jesús y la virgen! Ya bastante tuve con mi fealdad durante mi niñez como para que, encima, me hubiera ganado tal apelativo.



Así empezó mi andadura por la cátedra, con una ponencia sobre la abeja roja. Y aquí estoy ahora, yo, Diluvio Nyakuni, un año después, fuera de la cátedra, cultivando tomates en Perdición, mi pueblo natal, un pueblo perdido en los quintos infiernos, tal como su nombre indica y usted ha podido comprobar. Aquí estoy, vuelto a mis orígenes guajiros, convertido en un solitario hortelano y sin deseos de volver a pisar la Universidad de Verdolaga en lo que me resta de vida.

*Criollita de Wilson: Así se les llama  las  mujeres cubanas exuberantes y con curvas, debido a las Criollitas,  personajes creados por el  caricaturista y humorista gráfico cubano Luis Felipe Wilson.


       
Danaus Plexippus (Mariposa Monarca)

Morpho Didius
Rhodanthidium Sticticum (Abeja Roja)

Greta Oto

Haetera Piera