viernes, 10 de julio de 2015

Dámaso desaparecido (3)

Todas las ilustraciones son de Keith Perelli (más de este artista clicando en su nombre)



Allí nos encontró Ramón, venía sofocado de tanto correr. Llevaba rato buscándonos. Traía malas noticias. Habían encontrado la gorra de béisbol de Dámaso. Se suponía que la corriente la había arrastrado hasta la playa de Uva Caleta. Pasado un tiempo supimos que no había sido así. Estaba cubierta de sangre y rajada, cómo si hubiera recibido un machetazo o algo parecido. Mirna perdió el conocimiento. Tuvimos que cargar con ella, Ramón y yo, en brazos, hasta llegar al  Central y dejarla en la posta médica. Lena y Renata se quedaron acompañándola. Nosotros nos fuimos a Uva Caleta a lomo de nuestros caballos y a galope ligero. No cabía duda, aquella era la gorra de Dámaso, la reconocimos de inmediato. Poco después llegó la policía científica y se la llevó. Al día siguiente tuvimos la confirmación de que había acontecido alguna desgracia. Estábamos en mi casa, Lena había hecho café para todos mientras esperábamos alguna noticia. Era sábado, los niños de Renata y Álvaro correteaban y gritaban fuera. Nosotros, dentro, intentábamos hablar de cosas triviales, pero siempre acabábamos hablando de Dámaso, rememorando anécdotas de nuestra infancia, adolescencia o juventud, cuando éramos una tribu y él nuestro cacique. Hasta que llegó Silvino, el jefe de sector, y nos dijo que habían encontrado un brazo de varón  zozobrando y carcomido por los cangrejos entre los manglares, a medio kilómetro más allá de donde habían hallado la gorra. Los hombres nos fuimos con Silvino hacia Uva Caleta. El brazo llevaba un reloj Poljot de esfera blanca y manilla plateada de acero inoxidable. Un reloj exactamente igual se lo habíamos regalado nosotros a Dámaso cuando él y Mirna se casaron. Ahora la evidencia era casi una certeza, Dámaso podía estar muerto. Era imposible que hubiera sobrevivido con un brazo cortado o arrancado de cuajo y una herida en el cráneo. La lógica indicaba que la pérdida de sangre tenía que haber sido muchísima, porque si no había muerto de la herida en la cabeza, que al parecer debía de haber sido profunda, según el corte en la gorra, había muerto desangrado al faltarle el brazo.


Aquella noche apenas pude pegar ojo, estuve viendo la cara de Dámaso y reproduciendo una y otra vez en mi cabeza, tal si estuviera editándola en una moviola, aquella última conversación. Y volví a preguntarme, como lo había hecho desde siempre, cómo era que bajo aquel rústico rostro se escondiera el hombre más íntegro y buena gente que yo hubiera conocido en los días de mi vida.  Ya no volvería a ver nunca más su adusto careto. “Estaba asqueado y hasta la pinga de estar allí… ¡hasta la pinga…, hasta la pinga…, hasta la pinga!.” La frase me martillaba en la cabeza, porque conociendo la honradez de Dámaso y su integridad, que hablara así de la élite era porque algo gordo había descubierto.

Lena se levantó, era ya de mañana, oí como se dirigía a la letrina, luego oí el chapoteo del agua en la palangana mientras se lavaba y por último la escuché en la cocina poniendo la cafetera. Yo seguí tirado en la cama bajo el mosquitero, tratando de dar sentido a todo aquello. Al rato ella volvió con un buchito de café, “¿No has podido dormir, verdad? me preguntó. Me quedé callado. “Yo tampoco, he estado pensando en él y en Mirna…, la encontré muy mal… ¿tú no?” volvió a decir. “Sí”, contesté con desgana. Me incorporé un poco y bebí un sorbo de café. “¿De qué te habló en la turbina?”, preguntó mientras me pasaba la mano por el pelo. “Me contó algunas cosas que dan sentido a muchas de las preguntas que nos hacíamos, y… ¡caite para atrás,  está embarazada!,” le dije, esta vez más animado, como si el café me hubiera dado la fuerza necesaria para desesperezar la lengua, y había sido así tal vez, porque comencé a relatarle lo que me había contado Mirna:


“Cuando le dieron el puesto a Dámaso en el ministerio yo estaba tan contenta… Dejar el Central y el pueblo, para irnos a la capital, era como un sueño hecho realidad. Siempre me había gustado la urbe, pasear por sus avenidas, por sus enormes parques, ir a los cines, a los teatros… Había tantas cosas, tantas, que no me podía creer que iba a vivir allí con casa propia y todo, y de mampostería, y con un baño con su inodoro, su ducha y su bidet. Te imaginas eso, Bejuco… ¡con inodoro!… Adiós a la peste de la letrina y al cubo de agua y la latica para bañarte… Y la cocina, Bejuco, la cocina, con fogón de gas, y no con la hornilla de “luz brillante” que me ponía los calderos renegríos de hollín como si cocinara con el  carbón del viejo Salustiano... Tú te lo imaginas, Bejuco, te lo imaginas, ¡una cocina con fogón de gas!…y toda azulejada. Yo estaba tan contenta… Dámaso no, él estaba rebencú, no quería salir de aquí, de los cañaverales, pero ya sabes, si lo mandaba el partido había  que cumplir,  pero, más que por eso, yo creo que en el fondo lo hizo por mí, me veía tan ilusionada… Al principio le costó adaptarse. A mí no, yo como si hubiera vivido en la capital toda la vida. A Dámaso le agobiaba tanto edificio, tanto tránsito, tanta gente por la calle; y le entraba picazón en todo el cuerpo cuando se tenía que poner la guayabera, o la camisa de manga larga, o el safari, para ir al Ministerio. Y  todavía se agobiaba más porque no cesaba de  tener reuniones para aquí y para allá, viajes a la provincia tal y más cual, acto político aquí, acto patriótico allá, acto ideológico acullá, asambleas de balance del partido, asambleas de cuadros directivos,  asambleas sindicales… y la madre de los tomates. Dámaso estaba harto, al menos como director del Central se podía escapar de vez en cuando a los cañaverales y hacer de las suyas, pero allí no, allí todo era asfalto y carretera para arriba y para abajo. En cambio, yo estaba tan contenta… y por eso él aguantaba. Pero la felicidad en casa del pobre dura poco, nos invitaron un día  a la casa del Ministro y…”

Tocaron a la puerta y tuve que interrumpir el relato. Lena fue a abrir, yo me puse algo de ropa y salí a ver quien era. Ramón recortaba su silueta en el umbral de la puerta. Estaba pálido. “Han encontrado otro brazo”, dijo. Salí con él a toda carrera. Los seis kilómetros que distaban de Naranjos a Uva Caleta pasaron por mí sin yo apenas darme cuenta de que pasaba por ellos. Creo que un poco más y reventamos los caballos.

El brazo había sido arrastrado a la playita por el oleaje. Un montón de curiosos se arremolinaban alrededor como auras tiñosas. Silvino trataba de mantener el orden para preservar el sitio. Me acerqué todo lo que pude apartando a los curiosos. El brazo, como el hallado anteriormente, era musculoso y, a pesar de su estado, se podía notar que la piel era tostada. El corte, a diferencia del otro encontrado en el manglar, que era a ras del hombro, en éste estaba unos centímetros por arriba del codo, por lo que más que un brazo se podía decir que era un trozo de brazo. Sin yo tener ningún conocimiento de antropología ni de medicina forense, podía asegurar que éste, tanto como el otro, pertenecían a la misma persona. Y entonces fue que lo vi, vi el pequeño tatuaje en forma de rosa náutica en la muñeca, y lo supe. Lo supe y hube de morderme la lengua.


Al trote volvimos a Naranjos. Ramón vino todo el trayecto callado. A mí me invadía una sensación ambigua que no sabría como describir. Quería comentarle a Ramón lo del tatuaje, preguntarle si él también lo había visto, pero tampoco podía hablar, después pensé que, de Ramón haberse percatado, me lo hubiera dicho. Nos despedimos frente a mi casa. Llevé el caballo al patio y me fui directo al baño, necesitaba refrescarme. Lena no estaba, había ido a casa de su madre. Cogí un cubo de agua del tanque metálico y comencé a echarme agua por encima con el jarrito de plástico. El agua estaba fría. La pinga se me encogió como un hollejo. El corazón me latía a mil, y esa ambigua sensación no me abandonaba. Me senté en el suelo mojado y comencé a llorar como un vejigo. Cuando Lena regresó, pasada media hora, todavía yo estaba tirado allí, sollozando. Ella se desnudó y se sentó a mi lado, en el banquito de madera donde nos sentábamos para lavarnos los pies, me abrazó fuerte y colocó mi cabeza en su regazo. Comenzó a acariciarme el pelo suavemente, siempre me lo hacía, le gustaba, y a mí también. “Llora, llora todo lo que quieras”, me dijo. Y lloré, lloré de nuevo, lloré mucho. Cuando estuve más calmado quise hablarle, decirle lo del tatuaje, pero no me dejó, me conminó a levantarme, se apretó contra mí y me dijo, “Ahora no, ahora sólo necesitas mucho amor”. Comenzó a besarme mientras me acariciaba los testículos. El hollejo despertó de su arrugada existencia y, terso y mástil, levantó su caperuza al cielo.
Tres horas más tarde nos despertamos en la cama casi asfixiados por el calor del mediodía. El olor a frijoles negros sazonados con ají cachucha, proveniente de la casa de Renata, inundaba el ambiente. Lena salió disparada para la cocina, puso a calentar el arroz que había quedado del día anterior y se fue a casa de Renata, a pedirle un jarrito de esos frijoles recién hechos. Mientras, yo me lavé un poco. Cuando regresó Lena nos sentamos a comer y entonces le dije lo del tatuaje y lo que eso significaba: Dámaso podía seguir vivo; esos no eran sus brazos. “Pero entonces… ¿y la gorra…? ¿y el reloj…? eran de él…, de eso estamos seguros… ¿por qué los iba a llevar otra persona?” me hizo notar ella. “Dios sabrá,” le dije yo.


FIN DE LA PRIMERA PARTE.

O. Moré

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