miércoles, 7 de mayo de 2014

Cicatrices (cuarta parte / fragmento 2)

Óleo de César Santos / CUBA-USA






_ Y… ¿de dónde es usted, si no es indiscreción?_ Pregunta a la vez que corta el jamón  en finas lonchas.
_De aquí, bueno, quiero decir, de Barcelona…
_ Yo estuve viviendo en Barcelona, sabe...._ Le interrumpe ella_ Es una ciudad muy chévere, pero muy ajetreada, prefiero la tranquilidad de este pueblito… En Barcelona empezó mi calvario… ¡Ay, si yo le contara…!
 En Barcelona inició su calvario amoroso, el otro empezó mucho antes, cuando apenas era una jovencita de quince años, y ella se lo contará, se lo narrará, se lo  describirá, porque ya sabe cómo, tiene el pie que necesitaba. No lleváis ni un minuto de conversación y Margarita tiene preparada la ametralladora con todas las cananas cargadas, para acribillarle a balazos de palabras y más palabras, ráfagas enteras; cada palabra será una bala que le atravesará a usted el corazón, el cerebro y hasta su propia lengua. Note como demora en cortar las lonchas de jamón, que ya no sólo es para que salgan finas, sino, para detener el tiempo y luego estirarlo a su antojo, para apresarle en una espiral de la cual usted no saldría sin poner la voluntad necesaria, porque Margarita tiene un deje, una cadencia, una dulzura en la voz, que atrapa, que extasía, y eso, sumado a su belleza latina, le sorbe a uno la sesera, le embota el cerebro. Es muy guapa ¿Verdad? lo está usted pensando en este mismo momento, porque a pesar del exceso de maquillaje que lleva, y que comentamos cuando la conocimos al principio de esta historia, ahí, debajo de tanto polvo facial, tanto rímel y tanto carmín, hay una mujer de rompe y rasga, que le valió ser  aspirante a Miss Venezuela. Una hermosa mujer que no consiguió ese sueño, o mejor dicho, el de su madre, porque se negó a que la operaran, renunció a la cirugía estética. Querían hacer de ella una Diosa,  la perfección femenina  en extremo, una especie de Barbie latina de medidas únicas e imposibles. “Muchacha, no seas boba, si serán unos retoques de nada: bisturí por aquí, bisturí por allá,  silicona por acullá”, le dijo unos de los miembros de la organización. Para qué necesitaba ella todo eso, para qué meterse en un quirófano, con todo lo que eso supone… ¿Para luego salir hecha una figura de plástico? Ella se veía bien, se veía estupenda. Sus senos eran hermosos tal y como estaban, no necesitaba otra talla de sujetador, y sus pómulos…, qué le pasaba a sus pómulos, nada, absolutamente nada, y menos a sus labios, ya eran carnosos de por sí. Ah, pero su madre quería convertirla en la reina de la belleza absoluta, “Ganaremos mucha plata, mi’ja, mucha plata”. Doña Flora ya veía a su hija copando las portadas de las revistas de moda: Vogue, Elle, Cosmopolitan, y hasta en Sport Illustrated, con un mini bañador amarillo refulgiendo sobre el canela de su piel; la imaginaba en los grandes carteles publicitarios de Times Square, en los desfiles de Nueva York, París, Milán, Barcelona, luego protagonizando la telenovela de turno… y  de ahí a Hollywood qué había, nada, un paso. Sería la nueva Jenifer López, la nueva Salma Hayek, la nueva Eva Longoria, la sensación latina del momento, con todos los modistos, productores televisivos, agencias de publicidad y directores de cine rifándosela  como en una tómbola. Sólo dieciocho años y ya querían tasajearla, transformar su cuerpo en algo totalmente absurdo e innecesario, en un cuerpo de mujer “perfecto” ¿Quién coño era el hijo o hija de puta que clasificaba así a las mujeres, como si fueran prendas de vestir, poniéndoles talla? 90. 60. 90. Ella se quería tal cual, ya era hermosa y lo sabía, no necesitaba el espejo mágico del cuento de Blancanieves. Y todo esto porque le gustaba la moda, porque había ganado aquel estúpido concurso de belleza regional, qué sí, que le supo bien ese regustillo de la victoria, pero que era un juego, no aspiraba a más en ese mundo. Ella quería estudiar, le gustaba la pedagogía, le encantaban los niños, quería ser maestra, enseñar literatura, ciencias, matemáticas, pero sobre todo literatura, tenía una pasión enfermiza por los libros, y también siempre soñó que sería una buena madre, mejor que la suya, ella no le haría a su hija lo que su madre le estaba haciendo. Sí, ese fue el germen, pudiéramos decir, de su primer calvario, su vía crucis, aquel día que ganó aquel estúpido concurso de belleza y su madre vio monedas de oro lloviendo del cielo, como  si su hija fuera la Dánae del célebre cuadro de Tiziano. Tenía quince años cuando ganó el concursito de marras y Flora la puso a dieta y la obligó a un duro entrenamiento. Casi no tenían para pagar las facturas, pero fue a parar de cabeza a una academia de modelaje, había que ir preparando el terreno para Miss Venezuela, para Miss Universo, para la televisión, la publicidad, el cine. “La niña nos hará ricos, Prudencio” decía Doña Flora a su marido, pero él no entendía de esas cosas, bastante tenía ya con su propio  trabajo que le absorbía todo el tiempo en jornadas de hasta diecisiete horas. Él se mataba a trabajar en la hacienda de Don Salustiano como si fuera un esclavo, para que a su familia no le faltara el pan que llevarse a la boca,  y no supo ver, ni pudo, cómo su niña se marchitaba poco a poco. Este Prudencio, analfabeto y servil, sólo tenía ojos para el amo, para los caballos del amo, las reses del amo, los perros del amo. Llegaba a casa tan cansado y tan tarde, que toda aquella retahíla de tonterías con que le machacaba su mujer, le entraban por un oído y le salían por el otro. Él solo ansiaba tomar un buen baño, cenar e irse a la cama; a las cinco de la mañana tenía que estar en pie, porque había que limpiar la suciedad de las cuadras y poner el forraje a los caballos y ordeñar las vacas y pasear los perros y un etcétera de tareas interminables que le dejaban molido. "¡Qué concurso ni na’ de na’!" Que hicieran Flora y la niña lo que les viniera en gana, a él que le dejaran tranquilo. A los quince ganó el concurso regional, a los dieciocho querían rajarla para transformarla en un estúpido maniquí de cera, y su padre, el mulo de carga Prudencio ni quiso ni pudo ni vio, el drama de su hija.
_ No era mala persona mi padre, pero sí, era muy mulo, era muy burro, sí, muy burrito, con orejeras y todo, que le impedían ver lo que pasaba a su alrededor._ Dice ella después de haberle contado todo esto sin apenas darle tiempo a respirar, porque usted ha seguido cada palabra, cada movimiento de su lengua, envuelto en esa cadencia y esa dulzura de la voz de Margarita.
_ El bocadillo, por favor… _ Le hace notar  usted, porque, a todas estas, las lonchas de jamón van aumentando sobre una de las mitades del pan sin que ella lo advierta. _ Creo que ya tiene suficiente jamón… ¿no le parece? _ y se lo dice usted en un tono distendido, sonriendo. No quiere que Margarita se lo vaya a tomar de otra manera.
_ Ay, qué boba, jajaja… perdone, es que cuando me pongo a hablar de mis cosas… se me va la cabeza…
_ No se preocupe, nos pasa a todos.
Margarita termina de preparar el bocadillo, lo pone en un plato sobre una servilleta de papel y lo deja delante de usted en la barra. Usted le mira a los ojos directamente, está tratando de explicarse el por qué quiere continuar ahí sentado escuchándola, como si fuera un ratoncillo que tiene que seguir bajo el influjo, bajo el hechizo, de ésta flautista de Hamelin, y le pregunta:
_ ¿Qué pasó entonces con lo de las Misses?

Continuará...

Óleo de César Santos
Óleo de César Santos
Autorretrato (César Santos / Cuba 1982)  http://www.santocesar.com/