domingo, 4 de mayo de 2014

Cicatrices (cuarta parte / fragmento 1)

Óleo de Denis Núñez / CUBA






No, no le dejaremos que cuente este episodio a su padre, éste no, pero sí cómo era su vida antes de aquello, y después, cuando decidió que no volvería más a la casa de su familia materna. Una familia llena de prejuicios, de convencionalismos sociales y doble moral, un nido de ofidios, el nido de Eulalia, la tía Eulalia,  que ya era, desde muy joven, ese áspid que decía Elena.
En toda familia hay, dicen, una oveja negra, pero en toda familia hay, digo, una serpiente.
No sólo de Adán y Eva provenimos, no sólo somos hombre o mujer, macho o hembra amasados del  barro primigenio  y tallados de una costilla, también somos animales racionales, algunos, e irracionales, otros; asimismo somos frutos y vegetales y madera. Todo se reproduce, todo germina. Unos le deben la herencia genética al barro y la costilla, otros al manzano y otros a la serpiente. En esta historia hemos tenidos ovejas negras, hombres racionales e irracionales, mujeres como frutas apetecibles del manzano, y otra mujer que vegeta como en una naturaleza muerta de Cézanne, y también hombres esculpidos y  fuertes en madera pura.  Por lo tanto no podía faltar la serpiente de lengua bífida, andar sinuoso y zigzagueante, la mala del cuento, la bruja de la escoba, la mala malísima que envenena las frutas lozanas y rubicundas. Esa, querido lector, es Eulalia, como ya habíamos dicho. No, no se asuste, no pretendo ahora contarle la historia de este personaje, aunque importante y siendo el leitmotiv, el desencadenante de la tragedia de Elena, no vamos ahondar ahora en su comportamiento, ni haremos un retrato psicológico de tan nefasto espécimen, porque usted  ya le  conoce, le ha leído en cientos de novelas, le  ha visto en cientos de películas y culebrones televisivos, es un personaje cliché. Será la propia Elena quién lo desmonte, pero no para nosotros, sino para Roger. Tómese esta parrafada como una mera acotación que cierra la historia inconclusa.
Dejemos a padre e hija recorriendo los caminos de sus existencias, jugando con la clepsidra o el reloj de arena, tratando de recuperar, de buscar “el tiempo perdido”, rememorando, como si fueran personajes de Marcel Proust. Ve, ahora Elena ha salido del ensimismamiento y responde a su padre, y le cuenta cómo llegó a la casa familiar y todos los pormenores de su adopción por parte de su tía, pero con lo que ya sabemos es suficiente, así que dejémosles solos. Levantémonos, demos media vuelta y retrocedamos hacia la barra. Ocupemos un taburete o banqueta, da igual cómo se llamen estos trastos, y si le pidiéramos algo a Margarita, lo que sea, un café, un zumo, un helado o, simplemente, un vaso de agua, comprobaríamos  por nosotros mismos la soledad que embarga a esta mujer, veríamos que está deseosa de que alguien le dé pie, aunque sea pidiéndole un bocadillo, para entablar una conversación, que al final acabará derivando en el tema de su herida aún sin cicatrizar, pero que intuiremos, desde el primer segundo, que esta  mujer sólo desea sentirse acompañada, y que también necesita soltar toda esa angustia, esa bilis que le sabe amarga y que tiene que escupir a cada hora, a cada minuto. Apreciemos su sonrisa mientras se acerca, viene de haber estado consolando a Arturo, parece un poco forzada, pero es sincera, porque en el fondo Margarita es un alma cándida, una cándida margarita deshojada por ella misma… Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere… le odio, no le odio, le odio, no le odio… Así es Margarita.
Pero antes de conocer la herida abierta de Margarita, haremos un último ejercicio, bueno, usted, yo no. Amigo lector, usted dejará de ser intangible, incorpóreo y se convertirá en un personaje más de esta historia, desde ya es un cliente de este bar, el bar del letrero de neón azul, y  no un simple  observador.

Acto III
Margarita
(Conversaciones de Barra)


_ ¿Qué te pongo, cariñito? _ dice ella al llegar a la barra, ampliando la sonrisa, y podemos ver ligeras manchas de pintalabios bermellón en sus cuidados dientes. Percátese, además, de cómo ha utilizado el diminutivo, es algo natural en Margarita, lo comprobará a lo largo de la conversación. Hace un abuso indiscriminado de él, que a usted puede parecerle una ñoñería, pero que es el resultado de una gran carencia.
Un bocadillo de jamón, pequeño, por favor._ Dice usted.
¿El pan con tomatito o sin tomatito?_ Vuelve a preguntar ella.
_Con tomate, sí, por favor…_ dice usted, y agrega _y aceite

Ella afirma con un movimiento de la cabeza, el arquitectónico moño, producto del meneo, parece que fuera a caerse, que resbalará y en un alud o desprendimiento de cabellos se convertirá en una cascada de bucles castaños.  Se dirige a la panera, saca una crujiente barra de pan recién horneada, la abre por la mitad, haciendo caso omiso a lo que usted le ha dicho de las dimensiones, y comienza a prepararla entera: corta el tomate, lo restriega en la miga esponjosa, luego  rocía  cada tapa entomatada con aceite de oliva, y, antes de cortar el jamón, le pregunta:

Usted acaba de llegar, verdad, porque yo conozco a todo el mundo en este pueblecito… y no le había visto antes. ¿Está de paso… o tiene familia por acá?

Margarita tampoco es de por “acá”. Margarita es venezolana. Hace diez años que  llegó a Europa, primero estuvo unos meses en París, y aunque la ciudad le fascinó, coqueta como es ella y siendo ésta la capital mundial de la moda, se hubiera quedado, pero el idioma era un gran lastre, no había manera de que pudiera pronunciar aquella jerigonza por más que lo intentara. Entonces conoció a Brunno, un percusionista y bailarín brasileño con  nacionalidad y residencia en España desde hacía años. Brunno estaba de gira con un grupo folclórico de su país en Francia. Margarita creyó que había encontrado el amor y se vino a España con él. A partir de aquí comenzó su andadura por tierras de la Madre Patria.



_No, estoy de paso… _ contesta usted, y ya sabe que no se podrá librar de la conversación, porque era lo que ella estaba esperando, iniciar la plática insustancial, para luego desahogarse una vez más, como miles de otras veces, porque Margarita cree que mientras más se desahogue, mientras más palabras broten de su boca, suelte, escupa o vomite, será el anticoagulante que cerrará su hemorragia continua,  y también lo que esperaba usted, porque, de lo contrario, no se hubiera sentado a la barra, no hubiera aceptado este juego.

Continuará...


Esquizofrenia / Denis Núñez / CUBA