miércoles, 22 de septiembre de 2010

Memorias de la rima.

No puedo precisar exactamente cuándo fue que escribí mi primer poema. Debía de contar yo, supongo, ocho o diez años.
 Aunque la poesía ya había entrado en mi vida a una edad muy temprana de la mano de Los Versos Sencillos, del Ismaelillo y de La Edad de Oro, todos libros de José Martí, y con la presencia de mi tío Ángel, que iba poblando la casa de mi abuela con sus versos, me había conformado, hasta ese momento, con ser un simple lector. Me fascinaban esas palabras rimando en mi boca al ser leídas. No puedo describir el gozo que sentía al declamar, por ejemplo: La niña de Guatemala, Los Zapaticos de Rosa o la Bailarina Española. Luego descubrí la poesía infantil de Nicolás Guillén en su libro Por el Mar de las Antillas anda un barco de papel. Me lo había regalado mi padre, sabedor y fomentador de mi afición a la lectura. Y con Guillén vino una nueva apoteosis. Sin duda Martí y Guillén fueron los causantes de que un día, en mi lejana niñez, me diera por escribir aquel primer poema que, al igual que el primer amor, nunca se olvida. Recuerdo aún algunos versos:

Una flor muy extraña
de distintos colores
era la más bella
entre las demás flores.

Y aunque el resto lo ha borrado mi senil mente, sí recuerdo que seguía enumerando las virtudes de esta exótica planta, entre ellas, de que era una flor cantarina. Recuerdo además la ilustración que hice, debajo del poema, de este espécimen vegetal con raros pétalos, cada uno de un color diferente.
En aquel entonces yo no sabía que era una rima asonante ni una rima consonante, no tenía ni idea de que eran la métrica ni las licencias poéticas, escribía, si puede utilizarse el término, de oído. Buscaba ese ritmo, esa cadencia para lo que escribía en lo que leía. Y aún creo que, de cierta manera, lo sigo haciendo así. Aunque ahora conozca un poco la técnica, sigo prestando más importancia a como suena, a cómo se oye lo que he escrito, que a todos los ardides poéticos. Por supuesto que nunca he consigo ese ritmo interior perfecto, pero lo intento una y otra vez.
Por desgracia, de aquellos pinitos poéticos infantiles no queda ningún testimonio gráfico, y digo por desgracia, porque me hubiera gustado mostrar a mis hijos algunos de aquellos poemitas.
Me acuerdo también, ya más adolescente, de un poema de versificación libre cuyo primer verso decía: Te miro Dustin en la pared…, y no recuerdo nada más. En esa época leía mucha poesía cubana contemporánea, poesía de noveles autores más dados a la libre versificación, e influenciado por ellos dejé de lado la poesía rimada. Aunque recuerdo con gusto, de ese tiempo, que me aficioné a los poetas repentistas del programa de televisión Palmas y Cañas: me dejaban siempre con la boca abierta y anonadado con sus improvisaciones a partir de los “pies forzados”.
Entre mi primera infancia y mi adolescencia hubo un período de tiempo que dejé de escribir poesía (pero no el escribir otros géneros literarios) y me absorbió casi por completo la plástica. Me dio por dibujar y dibujar hasta la saciedad. Y en el orden literario cambié la poesía por los cuentos. Y hasta combiné ambas cosas: la literatura y el dibujo, en un comic que nunca acabé y que llevaba por título: Aventuras del submarino Lucero. No obstante, la poesía seguía ahí, pero en forma de lectura preferida. Comencé a leer a los clásicos y a los grandes poetas latinoamericanos y universales. A muchos no los entendía, ni los entiendo todavía, y por ello me fascinan más. Entonces llegó la juventud y con ella otra vez la fiebre de escribir poesía. Empecé a llenar folios, cuadernos y libretas de una forma compulsiva. Estoy convencido de que casi todos los poemas que escribí en esa época son malísimos, pero no me puedo desprender de ellos, les guardo mucho cariño porque, como no me canso de decir, son los hijos del aprendizaje.