martes, 10 de noviembre de 2009

Décimas a Dulce María Loynaz



Mire usted, Dulce María,
las flores de su Jardín
no marchitan ni son fin
ni reducto ni agonía.
Son más bien melancolía
de exquisita letra docta.
Hay un Ángel que pernocta
en el sobrio caserón
y retoza el muy bribón
sobre la hierba y le corta

el verde, la savia interna,
la raíz, el aguacero.
Es un Ángel marinero
que ha perdido su linterna
en la profunda caverna
de su lírica infinita.
De su Jardín necesita
ir reptando entre las rejas,
del verso ser las guedejas,
ser su abrazo, ser su cita.

Mire usted, Dulce María,
yo soy el Ángel que alego,
yo soy el que el césped sego
cuando llega el mediodía.
Sí, soy yo, Dulce María,
el que se enamora a gritos
de sus voces, de sus ritos,
de su soledad de diosa,
de su sonata piadosa,
de sus pesares fortuitos.

Yo, fugitivo y eterno
río al filo de su boca.
Yo, de la isla: el mar, la gota
entre raíces, infierno
astuto. Soy el invierno
dulce y sátiro en sus rosas,
las que no da por ser cosas
que mueren y no se deben

tocar. Yo, sin que se eleven
estas letras misteriosas.