domingo, 18 de octubre de 2009

Corazones de Hojarasca.


Sobre el asfalto de helada paciencia,
de gris impreciso e inmemorial,
los corazones atrapados,
hechos de hojarasca,
perdieron el miedo.

Como vehículos en tránsito
hacia una estación disipada en la memoria
se dejaron llevar a otras latitudes.
Conocieron la velocidad y el atasco,
la imprudencia, la posibilidad
de un horizonte lejano.
Y vagaron en la bruma de un sueño
donde la distancia era una flecha
en sus cuerpos, en la trémula carne
que llevaba raíces desde el tronco
a las hojas más dispersas.

La misma distancia que los separaba de la isla
los iba haciendo más cercanos a ella,
más isleños que la novia de verde cabellera
y estilizado y largo cuerpo.

Los corazones atrapados,
despojados del sol de su tierra,
de la luz de sus ventanas,
del café de ahogar la pena cotidiana,
de la Ceiba ahuecada por un güije,
se trasplantan en tímidas macetas
y quieren resurgir con nuevos bríos.
En sus ramas antes truncas,
florecer, fructificar, volver a echar raíces…
Pero el asfalto sobre el que perdieron el miedo
se hace largo, tortuoso, imprevisible,
y ellos sólo son corazones atrapados,
corazones de hojarasca volubles a los vientos,
a los otoños, a las brisas invernales
que les mueven, les columpian, les enredan.